Voces para la convivencia en China

Alfonso Elorriaga

Un coro de instituto en un certamen internacional 

En el año 2006 yo acababa de aprobar las oposiciones. La única que hice. Nunca había trabajado antes en un instituto, así que se trataba de un mundo aún totalmente desconocido para mí. Lo único que recordaba era mi propia época de estudiante, de la que tan buenos recuerdos tenía, pero en la que la educación musical brillaba por su ausencia. Sólo tuvimos una asignatura de música en primero de bachillerato, y eso fue todo. Por lo tanto, pensé que estos estudiantes, que tenían música prácticamente durante toda la ESO, eran en el fondo unos privilegiados y que yo tendría la enorme suerte de ser su profesor.  Recuerdo que cuando llegué al centro, y pude observar la situación, se me cayó el alma a los pies. La mayoría de los profesores estaban obsesionados con el comportamiento de los alumnos y las reuniones de coordinación pedagógica se empleaban en hablar de todo menos de pedagogía. Yo no tenía aula de música propia, y constantemente recibía la queja de mis compañeros porque “hacía mucho ruido”. Por supuesto, todo el material con el que contaba era un piano electrónico medio roto y algunos instrumentos de láminas de mala calidad y desafinados. Y lo peor, una docencia totalmente desenfocada y sin organizar. Los alumnos no sabían en qué consistía una clase de música. Los padres me preguntaban por el “libro de texto”, que si iba a ser caro o no. En fin, yo, que había estudiado en el Instituto Orff de Salzburgo durante un año, y que había trabajado en un par de buenas escuelas municipales de música como profesor de “música y movimiento”, literalmente no podía creer lo que tenía ante mis ojos ¿Cómo era posible tamaño despropósito? Sinceramente, lo único bueno en aquel momento era el horario y el sueldo. Pero a mí, sólo pensar que me tenía que resignar a esa situación me hacía entrar en depresión. Me parecía como una condena. Entonces fue cuando decidí luchar por lo que era simplemente “hacer mi trabajo”. Como no tenía apenas medios materiales, decidí comenzar por el cuerpo. Mis clases se inundaron de actividades de percusión corporal, movimiento y canto, para el desespero de mis compañeros que me cambiaron de aula al ver que yo iba en serio. Al cabo de un año monté un grupo extra escolar donde profundizábamos un poco más en todo esto, pero con el tiempo, este grupo, poco a poco, se fue decantando hacía un grupo vocal con acompañamiento de movimiento y percusión corporal. Al principio yo me negué a decir que era un coro, por las connotaciones negativas que tenía esta palabra en el imaginario de los chavales. El repertorio era “popero”, comenzamos a hacer intercambios, recibir subvenciones y ganar algún premio que otro. Entonces vino el reconocimiento del equipo directivo, que comenzó a apoyar mi labor. Y yo me sentía como El Cid Campeador a la conquista de Valencia. Había pasado de ser un “pringao” a que la gente comenzará a ver que la música existía. Fundamos una asociación de alumnos, comenzamos a cantar en el municipio para distintas instituciones, yo comencé mi tesis sobre el cambio de la voz en la adolescencia, también comencé a dar clases como profesor asociado en la Universidad… en fin, la cosa iba para adelante.  Y así pasaron diez años más. Lo que al comienzo fue un medio hostil se había convertido ahora en una balsa de aceite. Toda la comunidad educativa adoraba el proyecto y nos habíamos ganado el respeto de la población. Algunas familias nos decían que habían elegido el  instituto porque querían que su hijo/a formara parte de VPLC. En el comienzo de este 2018, VPLC ya era un proyecto consolidado que contaba con varias agrupaciones corales en el instituto, asignaturas optativas enfocadas hacia el canto, un amplio grupo de colaboradores (y una compañera de departamento maravillosa), habíamos ganado más de 15 premios educativos, alcanzado diversos  reconocimientos institucionales, habíamos participado en nuestro primer certamen internacional en Rumanía, etc.   Y fue allí, precisamente en Rumanía, donde una delegación china nos vio y nos invitó (con todos los gastos pagados excepto el billete de avión) a participar en el Certamen Coral Internacional de China, a celebrarse en Pekín, auspiciado por el Ministerio de Cultura chino y la Federación Coral Mundial. Al final, la invitación se extendió a  otro festival coral en la ciudad de Shenyang. Y así fue, los de Ciempozuelos estuvimos en China 14 días cantando con algunos de los mejores coros del mundo. 

Haciendo amigos

Los primeros días en Pekín eran vertiginosos. Teníamos todos los días ensayo y concierto. Había que dormir bien para conservar la voz, y de repente , el grupo tuvo que aclimatarse a un ritmo de trabajo prácticamente profesional. Parecíamos más una compañía que un grupo escolar. Mi compañera y yo pensábamos que la situación, en cualquier momento se desbordaría, que los chavales no aguantarían la presión. Sin embargo, no fue así. Los más mayores asumieron su papel y comenzaron a ser un ejemplo para los más pequeños. VPLC siempre se ha caracterizado por ser un proyecto muy participativo, y aquí quedó demostrado una vez más. Los chavales se comportaron con una responsabilidad extraordinaria. Yo ya no tenía alumnos. Tenía compañeros artistas. Todos éramos como una gran familia. Todos estábamos pendiente de todos, y se cuidaban hasta los más mínimos detalles antes de cada concierto. Nuestra guía nos ofrecía sesiones de relajación y meditación antes de entrar al escenario. Y daba igual si compartíamos concierto con coros buenísimos (rusos, tailandeses, canadienses, argentinos, húngaros, ucranianos, etc). Nosotros salíamos convencidos y concentrados. A veces, hasta 45 minutos seguidos cantando en cada programa…y ¡el éxito fue total!  Así las cosas, fuimos cogiendo cada vez más confianza y participando en varias actividades donde tuvimos la ocasión de conocer a los otros coros. La experiencia de que, la aspiración por la belleza  estética por medio de la música no tiene fronteras, nos hizo comprender que los seres humanos nos parecemos esencialmente mucho más de lo que las diferencias culturales aparentan. Todos compartimos un mundo emocional muy parecido. Es realmente trágico pensar que se nos quiera hacer sentir lo contrario. En el fondo, toda la especie humana comparte un mismo ADN, un mismo destino y una misma casa, nuestra querida Tierra. La música, una vez más, se muestra como un lenguaje armónico, pacifista, unificador y universal.

Masterclass

A lo largo de estos últimos diez años no solo me he dedicado a poner en marcha VPLC, el cual ahora es un proyecto educativo donde colaboran en su gestión varias personas (profesores, padres, alumnos, ex-alumnos, colaboradores invitados, etc., ya que yo creo en los liderazgos compartidos, no en los autoritarios), sino también a investigar sobre la Educación coral durante la etapa de la muda de la voz. Esto ha sido fundamental. A partir de mi tesis (que me dirigió Enrique Muñoz en la   UAM), he contado siempre con la inestimable guía de Patrick Freer, máximo especialista mundial en este campo y profesor de la Universidad Estatal de Georgia (Atlanta, EEUU). Con el tiempo, he creado mi propio material didáctico y mis publicaciones, que ya son numerosas, la verdad. Ahora estoy a punto de publicar un nuevo libro de repertorio coral para adolescentes. Y estoy muy contento de poder decir que poco a poco cada vez son más los colegas que se interesan por este campo de trabajo. A lo largo de estos años he impartido varias conferencias, cursos y seminarios, y en China tuve también la oportunidad de impartir dos Masterclass. Una en Pekin y la otra en Shenyang, con distintos coros pilotos, mostrando el resultado de mis investigaciones, ejercicios, actividades didácticas y repertorio. La acogida fue buena ¡Ojalá se traduzca en que cada vez sean más los adolescentes que se animen a cantar en aquel país! Para terminar, deciros que no todo fue subirse a un escenario. También tuvimos la oportunidad de visitar varias cosas, de hacer turismo, de empaparnos de la cultura y de la gente. De saborear la comida china, por supuesto, y de aprender a respetar su forma de ver la vida. Los viajes abren la mente y son el mejor antídoto contra cualquier pensamiento excluyente. La vida es una y es de todos: ¡Disfrutémosla con  música!

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